miércoles, 8 de abril de 2015

Caminando…


Va por la calle un tipo con unos audífonos en los oídos, escuchando su música favorita, caminando como si fuera bailando, ágil, ligero; cada paso al compás que las canciones le van marcando.

Camina con una media sonrisa en la cara, disfrutando lo que va escuchando. Fija su atención en cuanta guapa mujer se atraviesa por su camino, algunas le sostienen la mirada, otras de inmediato se voltean. Él, seguro de sí mismo, sonríe con una mueca de triunfo con cada mirada que le sostienen, siguiendo su camino, caminando con ritmo, perdido en las canciones que tanto le gustan.

Entra a un gran supermercado, toma un carrito para hacer algunas compras que tiene pendientes, la música sigue, su media sonrisa no desaparece de su cara. Va con la frente en alto, seguro, confiado; buscando las miradas de quienes ven su coqueta media sonrisa. Algunas señoras lo ven con el ceño fruncido cuando notan las miradas en el cuerpo de sus hijas. A él, parecen no importarle esos gestos de rechazo, sigue navegando entre los pasillos de ese gran supermercado.

Su carrito se va llenando de las cosas pendientes que le hacen falta; latas de comida, comida congelada. Algunas cosas para la limpieza, va echando lo que va necesitando mientras sigue escuchando la selección musical que lo ha estado acompañando.

Él no nota que algunas mujeres, ya maduras, lo ven con curiosidad, llamándoles la atención, pero él no lo nota. Solo está pendiente de las jóvenes que llenan el lugar. No pierde detalles, con miradas que escanean los pubertos cuerpos que por su lado pasan, sin perder detalles de las minifaldas ni las blusas escotadas, que la juventud se obliga a vestir cuando no se tiene nada qué ocultar, cuando no se tiene razón del por qué tapar. Cuando la perfección de lo natural aflora a esa edad.

Las que se dan cuenta, al sentir lo profundo de su mirada, de inmediato se voltean o se dan la vuelta, él lo toma como si fuera una forma coqueta de hacerse las interesantes, haciendo que la sonrisa de su rostro se haga más grande, llena del orgullo que le da el sentirse interesante ante esas damas.

Sigue con su música, vagando entre pasillos. Pasa por donde venden accesorios para baño, caminando frente a un gran espejo que refleja a un hombre maduro, coronado de canas. Con la cara llena de arrugas, con el cuerpo colgado de carne vencida por la fuerza de la gravedad. Vestido con unos pantalones de mezclilla que tienen muchos años que pasaron de moda, con una playera anunciando un concierto de rock de hace décadas y unos audífonos en los oídos, tocando una música que tiene más de cuarenta años que fue grabada y que da vida a ese adolescente que resurge... Atrapado en ese cuerpo tan arrugado.