viernes, 8 de mayo de 2015

Una venganza pendiente...

Una niña lloraba sentada en medio de la nada, solo árboles y maleza se veía por todo su alrededor, tenía sus manitas tapando sus ojos mientras su cuerpecito se sacudía con sus profundos lamentos, no se escuchaba otro ruido, solo el suave ruido de la brisa que mecía las plantas que lo rodeaban.

Era una niña perdida en un bosque desconocido, vestía ropa deportiva empolvada y sudada, calzando unos tenis llenos de tierra y lodo, daba la impresión de haber recorrido muchos kilómetros.

Solo tres de días antes había salido de su casa, acompañando a su madre. Habían subido a una camioneta y se habían adentrado en el bosque después de andar unas horas por la carretera, hasta que llegaron a un camino sin pavimentar en donde anduvieron otro par de horas. El camino terminó y continuaron a pie, caminando entre veredas que aparentemente conocía muy bien la mamá. Iban rumbo a una cabaña herencia de sus abuelos, la misma que su mamá tantas veces había ido de niña, cuando acompañaba a su abuelo de cacería.

La última vez que fue su madre había sido muchos años antes, cuando andaba de cacería con el papá; en aquella ocasión llevaban ya muchas horas caminando sin encontrar una presa, cuando vieron a lo lejos un majestuoso venado; el papa apuntó, pero cuando estaba a punto de disparar, un rugido los hizo voltear...

Era una gran osa, que al verlos se irguió en sus patas traseras; estaba a unos ocho metros de donde ellos estaban, a un lado se veía a un tímido cachorro que se escudaba en las patas de la madre.

El papa, al voltear rápidamente tropezó y cayó al suelo, soltando el rifle. La osa gruño de nuevo y corrió hacia ellos; el padre se quedó paralizado por un instante, viendo como el inmenso animal corría hacia ellos, en una fracción de segundos volteo a ver a su hija, y movido por un instinto de supervivencia que solo nace de quienes ven en peligro a sus hijos, tomo un cuchillo que llevaba en la cintura corrió hacia la osa, gritándole a su hija para que corriera al otro lado.

El encuentro fue fatal, desde el mismo momento en que la osa los vio; basto solo un zarpazo para arrojar al hombre a un lado, él le clavó el cuchillo en un costado mientras la osa mordía sus piernas, después se lo intentó clavar en la inmensa cabeza, pero de nada servía. El duro cráneo del animal parecía no darse cuenta de las embestidas que hacia el hombre, quien empezaba a desfallecer con la pérdida de sangre, con la pérdida de la carne que se iba con cada mordida.

La osa le dio otro zarpazo en la cabeza, rompiéndole el cuello, terminando la vida del valiente padre en ese instante. El animal se dispuso a terminar su tarea cuando un poderoso ruido inundo la escena.

La osa cayó a un lado, mientras la niña, tumbada también en el suelo por el culetazo de la escopeta, seguía las instrucciones que tantas y tantas veces le dio su padre; cargando de nuevo el arma para acercarse al animal. Iba temblando, pero no era de miedo, era de la adrenalina que inundaba su joven cuerpo. Un ruido a un costado la hizo voltear, y sin pensarlo dos veces, disparo hacia donde lo había escuchado, cayendo de nuevo al suelo por la fuerza del disparo.

Cuando se levantó, cargando el arma de nuevo, vio al osezno recostado, era a lo que le había disparado. Le había volado una de las orejas y parte del cráneo, dejando al descubierto una gran herida en la parte superior de la cabeza. Se acercó primero para ver si la osa estaba viva confirmando que estaba muerta. Vio a su padre bajo el animal, comprendiendo que ya nada podía hacer por él. Después se dirigió al cachorro, quien no se movía; puso la punta de la escopeta a un costado para moverlo. En ese instante, el pequeño oso hizo un fuerte gruñido, parándose para salir corriendo, con la sangre escurriendo y con un colgado de carne en donde solía tener una oreja, a un costado de la gran herida abierta...

La aprendiz de cazadora lloró a su padre para después regresar sola por el bosque, hasta llegar a la carretera en donde pidió ayuda. Fue después de muchos años de terapia y envalentonada por su hija, quien siempre le pedía que la llevara a esa cabaña que salía en tantas fotografías, que había decido a ir de nuevo, a ese lugar que tantos recuerdos maravillosos y traumáticos le traían.

Ahora, después de tantos años, las dos mujeres iban contentas; la madre por poder superar lo que le había pasado, la hija por vivir esa aventura con su mama, con quien convivía poco desde que trabajaba tanto por haberse divorciado de su papa. 

La mamá llevaba una mochila de excursión, cargada de comida, un par de sleeping bag, un cambio de ropa y varios cargadores móviles para el celular y la Tablet; única condición no negociable, que puso la niña para acompañar a su madre...

Llegaron a la cabaña, todo estaba igual como la última vez que la mama la había visitado, las mismas literas de madera, algunos utensilios en la estufa de leña, muchas telarañas, pasaron un par de horas para que la pudieran dejar de nuevo habitable.

Esa noche hicieron una fogata, contaron cuentos inventados por ellas mismas, sin más compañía que las miles de estrellas y la gran luna iluminando sus vidas, cenaron y vencidas por el cansancio durmieron muchas horas.

En la mañana la mama encontró a su hija molesta, no había señal en sus teléfonos celulares, por lo que la hija no podía actualizar su perfil para mostrarle a sus amigos las fotos de ese maravilloso lugar, prepararon el desayuno y se alistaron para caminar por el bosque hacia un lago que estaba a medio kilómetro de ahí. 

Iban caminando, abrazadas cuando el camino se los permitía, a veces caminando una enfrente de la otra, cantando, riendo. La mamá contándole las mismas historias que tantas veces escucho de su padre; algunas de miedo, otras fantásticas. Vidas de monstruos, de hadas, de héroes, todas con finales felices y siempre inesperados.

Llegaron al lago, nadaron un rato, llevaron emparedados que comieron y compartieron, sentadas al lado del lago, viendo el azul del cielo reflejado en el agua...

Así pasaron un par de días, hasta que llegó el momento de regresar a su casa. La hija se había olvidado por completo de las redes sociales. Se habían compenetrado como nunca lo habían hecho; ahora eran más que una madre y una hija, eran unas grandes amigas. La mama pudo platicarle del motivo de su divorcio, sin que el tema fuera ya tan doloroso para su hija. Pudo aclararle las dudas que tenía, el quitarle el sentimiento con el que vivía, de que el divorcio era por culpa de ella, porque siempre que la regañaba el papa, su mama la defendía.

Pudieron hablar de todo, hasta de la muerte del abuelo, algo que su mamá nunca había podido hablar con nadie que no fuera su terapeuta, ahora sabia su madre, que por fin lo había superado.

Juntaron sus cosas, cerraron la cabaña y empezaron el camino de regreso. La mamá cargando una mochila que ya venía vacía, sin tanta comida. Era temprano, por lo que decidieron hacer el camino de regreso tomando la ruta larga, pasando a un lado del lago.

Estaban bajando una colina, antes de llegar al lago, pasaron una barrera de pinos y cuando estaban a punto de llegar, se quedaron paralizadas.

A la orilla del lago había un enorme oso bebiendo agua. La mamá jaló a su hija para ponerla junto a si, tapándole la boca con una mano, susurrándole que no se moviera, que no hablara. Comenzando a desandar sus pasos, sin dejar de mirar al oso. La mamá sabía que si llegaban a la barrera de pinos, sin que las viera el oso, podrían alcanzar la cabaña sin problemas.

Iban caminando, despacio, sin hacer ruido; cuando la niña tropezó, emitiendo un quejido cuando se pegó con una piedra.

La mamá volteó a ver a su hija, después regreso la mirada al lago, solo para sentir como se le iba la sangre del cuerpo… El oso ahora las estaba mirando.

Ella se quedó quieta, le dijo a su hija que hiciera lo mismo. Muchas veces le comentó su padre que cuando eso pasara, que se encontrara con un oso, nunca corriera. Porque eso quería decir que era una presa; le había dicho que un oso no atacaba sin provocación, a menos que tuviera hambre o que sintiera en peligro a sus cachorros.

Ese pensamiento cruzó su mente, cuando un ruido se escuchó a unos metros del oso; volteó a ver lo que era... Y lo que vio le hizo temblar las piernas.

Un par de oseznos jugueteaban en la hierba, ella se dio cuenta que no era un oso, era una osa. Y otro descubrimiento le hizo sentir aún más miedo; la osa tenía solo una oreja, en el otro lado de la cabeza tenía una gran cicatriz, que le cruzaba todo el cráneo...

La osa olió el miedo de esos dos intrusos, se paró en dos patas, gruñendo con todo el poder que le daba su inmenso tamaño. 

La niña ya se había levantado; al igual que la madre no podía separar la vista de la osa. De esa majestuosidad que el animal les imponía, de tanta salvaje belleza que ahora las amenazaba de esa forma.

La mamá tomo la mano de su hija, empezó a retroceder nuevamente, muy despacio. Pero ese menor movimiento bastó para provocar al animal, que sintiéndolas como una amenaza para sus cachorros se lanzó contra esas intrusas, que había penetrado en su círculo de seguridad.

La madre, al ver a la osa correr hacia ellos, aventó a su hija, gritándole que corriera.

La niña corrió, la mama busco cómo por instinto algo con que defenderse, pero ella no era ese viejo cazador que cargaba un filoso chuchillo, junto con su inseparable escopeta. Solo era una madre citadina jugando a la exploradora, recordando un tiempo de su vida que había olvidado, y que ahora recordaba como si el tiempo no hubiera pasado.

La osa se lanzó hacia ellas, la mamá gritó y corrió hacia otro lado, distinto al que estaba corriendo su hija; esperando que la osa la siguiera a ella, sabía que era la única oportunidad que tenía su niña...

La pequeña corrió y corrió, solo escuchaba a lo lejos como su madre le gritaba a la osa para que la siguiera a ella. Corrió buscando llegar a la cabaña, pero no estaba familiarizada con esas veredas del bosque, muy pronto estuvo en un campo que no recordaba, que no había visto ahora que andaba con su madre, siguió corriendo hasta que sus pequeñas piernas no pudieron más, hasta que no pudo dar un paso más.

Cayó en el suelo, llorando desesperada. Espantada por estar sola, por no saber de su madre. Por no tener la menor idea de lo que había sido de ella. Hacía mucho que había dejado de escuchar sus gritos. Ahora solo estaba ahí, sentada en la hierba, llorando, con un profundo sentimiento, sin tener más compañía, que los árboles que la rodeaban; sin tener la menor idea de donde se encontraba.

Escuchó una rama que se rompía, volteando de inmediato para buscar a su madre... Pero solo se encontró, con que saliendo de entre los árboles emergía una enorme cabeza de oso a la que le faltaba una oreja, y que chorreaba sangre de entre sus fauces abiertas. 

La osa iba caminando hacia ella, seguida por sus dos cachorros. Mirando a la niña, como consciente de que ella en realidad no era una amenaza, cómo pensado solo en cobrar...Una vieja venganza que tenía pendiente.