sábado, 12 de abril de 2014

Sin intentarlo...

Mil ciento uno, mil ciento dos, mil ciento tres, mil ciento cuatro, una niña está contando los segundos mientras aguanta el aire debajo del agua, estaba de vacaciones en la playa junto con su familia, nunca había estado en una alberca, de hecho, era la primera vez que estaba en el agua, tenía once años y muchas veces había visto a cientos de niños sumergirse en el agua, lo había visto con sus hermanos, en la televisión, en el cine, siempre se había preguntado que se sentiría sentirse rodeada de agua.
 
Su padre la sobre protegía, cuando llegaron ella le había insistido en que le permitiera meterse a la alberca, sabía que pedirle que la metieran al mar era algo mucho más difícil de lograr, tenía dos hermanos más chicos que ella, ambos eran hombres, no sabía si por el hecho de ser niños se les tenían permitidas más libertades, sus hermanitos desde temprano estaban nadando, ella los veía desde la orilla, sin meterse, así paso todo el día.
 
Por la noche habían ido a cenar, era el aniversario de las segundas nupcias de su padre, se había casado por segunda vez con una compañera del trabajo, a los dos años de haber enviudado fue cuando se casó de nuevo, los niños eran sus medios hermanos, por ese aniversario estaban brindando, la noche iluminada con luna llena, el restaurante con un servicio de primera en ese lujoso hotel de cinco estrellas, no tenían necesidad de salir de las instalaciones, todo lo que quisieran ahí lo tenían.
 
Los padres brindaron por el día en que se conocieron, por el día en que iniciaron su romance, de cuando se perdieron en el parque, de otros momentos que solo ellos entendían, ella los veía y sonreía contagiada por la risa de ambos, sus hermanitos ya estaban fastidiados y se querían ir al cuarto a acostar, todo el día habían estado metidos en la alberca, estaban por el sol quemados y cansados de tanto nadar, sus padres no tenían para cuando acabar.
 
Ella les dijo que los podía llevar al cuarto, también ya quería descansar, ellos la vieron y dudaron en dejarlos ir solos, pero después de todo era un hotel con mucha seguridad, ¿Que les podría pasar? Estuvieron de acuerdo y ella con los pequeños partió a la habitación.
 
Llegaron y de inmediato los hermanos se posesionaron del televisor, aun con la puerta abierta ella vio a sus hermanos tirados en la cama atentos a un programa y vio hacia afuera, hacia donde se veía la alberca.
 
¡Esa era su oportunidad! Sin pensarlo dos veces dio la vuelta y salió del cuarto dejando bien cerrado, anduvo entre algunas jardineras de  los cuartos contiguos y llego al área de la alberca, parcialmente iluminada, se veían algunas parejas acostadas en camastros concentradas en ellas mismas, nadie más había cuidado que alguien se metiera a la alberca.
 
Ella se acercó a la orilla, lo más que pudo, y con una gran sonrisa, emocionada hasta lo más profundo de su alma, se arrojó al agua, no sin antes respirar profundo, para guardar una gran bocanada de aire...
 
Cayó y empezó a contar, para medir cuanto tiempo duraba debajo el agua, con una gran sonrisa en su rostro, profundamente emocionada, contando mientras sentía como se hundía, como desaparecían las luces de afuera, los camastros...
 
Todo lo que estaba afuera desaparecía de su vista, incluyendo su silla de ruedas que se quedaba parada a un lado de la alberca, sin la intención de mover sus brazos para salir a flote, solo contaba los segundos con esa gran sonrisa mientras se seguía hundiendo.
 
Mil ciento noventa y uno, mil ciento noventa y dos, mil ciento noventa y tres, mil ciento noventa y cuatro, ya llevaba minuto y medio bajo el agua, solo estaba acostada en el fondo de la alberca, ya no alcanzaba a ver su silla de ruedas, solo se veía un poco la luz de una lámpara que alumbraba parte del jardín y la alberca, no se movía, solo contaba, como lo hacía cuando contaba los cuadros del piso del especialista que todas las semanas la veía, cuando esperaba ser atendida, como contaba las veces que sus hermanos saltaban cuando jugaban con el brincolin en el patio de su casa, como contaba las horas cuando su padre se iba al trabajo, como contaba los automóviles que pasaban por afuera de su ventana, como contaba los papeles que le aventaban sus compañeros de la escuela, como contaba cada día que pasaba desde que su madre la dejara...
 
Mil doscientos cincuenta y uno, mil doscientos cincuenta y dos, mil doscientos cincuenta y tres, mil doscientos cincuenta y cuatro, ya llevaba dos minutos y medio bajo el agua, la sonrisa en su rostro ya no era tan grande, ahora comprendía lo que había hecho, intento mover sus brazos para salir a flote pero nada paso, ella tenía inmovilizado su cuerpo de la cintura para abajo, era como si tuviera un ancla que en el fondo la amarraba.
 
Una sensación extraña la empezó a invadir, era algo que no había sentido antes, un miedo que no conocía, nunca había tenido la necesidad de sentirlo, siempre estaba acompañada, siempre por todos cuidada, ahora con un miedo reflejándose en su cara veía lo lejano que estaba la superficie, no dejaba de contar, algo le decía que no dejara de contar, si no ocupaba su mente con eso se iba a desesperar, un profundo razonamiento para una niña de su edad.
 
Mil doscientos ochenta y uno, mil doscientos ochenta y dos, mil doscientos ochenta y tres, mil doscientos ochenta y cuatro, ella seguía contando, ya llevaba tres minutos bajo el agua, cuando veía por la televisión los programas de buzos siempre practicaba el aguantar el aire, siempre se imaginaba en el océano buceando, siempre se veía con unas nuevas piernas por los mares snorkeleando. Estaba boca arriba viendo hacia la superficie, se impulsó con uno de sus brazos y se pudo dar la vuelta.
 
Estuvo todo el día viendo a sus hermanos en esa alberca, estuvo todo el día viendo cómo se arrojaban del lado profundo para después salir caminando del otro extremo, donde poco a poco perdía profundidad la piscina hasta quedar al nivel del piso, el instinto de supervivencia le trajo eso a la mente, sin dejar de contar con ambos brazos se impulsó al frente buscando moverse, sus manos resbalaron en el fondo, nunca estuvo antes en una alberca, no tenía ningún principio ni idea de cómo nadar usando solo los brazos, intento de nuevo impulsarse al frente pero de nuevo resbalaron sus manos.
 
Sin dejar de contar empezó a reptar, caminando con sus manos por el fondo, se sorprendió de lo ligera que se sentía, sus piernas se arrastraban pero podía moverse, se movía como una sirena sin mover su aleta, buscando en el fondo alguna perla.
 
Ahora cada segundo contado era también marcado con una brazada que daba en ese extraño nado.
 
Mil trescientos once, mil trescientos doce, mil trescientos trece, mil trescientos catorce, cada segundo es una nueva remada con esos pequeños brazos, acostumbrados al trabajo pesado de dar impulso a su silla de ruedas, como un soldado avanzando pecho tierra en una espesa maleza esperando atacar al enemigo, así avanzaba esa decidida legionaria, con unos pulmones que ya le arden por el esfuerzo realizado, su boca le exige el abrirse buscando una oleada de aire, un ligero mareo empieza a sentir, no deja de avanzar, no deja de contar...
 
Mil trescientos cuarenta y uno, mil trescientos cuarenta y dos, mil trescientos cuarenta y tres, mil trescientos cuarenta y cuatro, lleva ya cuatro minutos bajo el agua, cuando estaba inmóvil su ritmo cardiaco estaba al mínimo, ahora su corazón se le quería salir del pecho por el esfuerzo que estaba haciendo, sus brazos y manos no se rendían, tenían esa fuerza adicional que les habían regalado sus piernas, así seguía, aguantando la respiración, sumergida en el agua, con ese esfuerzo adicional por llevar un cuerpo con unas piernas que para muchos hubieran sido un lastre, pero que para ella solo significaban… Otra parte de ella.
 
Mil trescientos setenta y uno, mil trescientos setenta y dos, mil trescientos setenta y tres, mil trescientos setenta y cuatro, llego a los cuatro minutos y medio bajo el agua, ya no podía más, sentía como sus pulmones le quemaban por dentro, sus brazos ya los sentía adormecidos por el empeño realizado, solo contaba y avanzaba con sus manos, siempre concentrada, sin mirar a nada más que el piso avanzando, sin mirar hacia arriba donde estaba la superficie, solo viendo sus manos con los segundos contando.
 
Mil trescientos noventa y uno, mil trescientos noventa y dos, mil trescientos noventa y tres, mil trescientos noventa y cuatro, mil trescientos noventa y cinco, mil trescientos noventa y seis, mil trescientos noventa y... No termino de contar.
 
Sin ya sentirlo quedo suspendida en el aire, colgando mientras era sostenida de la playera que traía puesta, como si fuera el muñeco de un ventrílocuo recién sacado de su maleta, escurriendo agua, casi desmayada después de soltar el aire sostenido, quien la sostenía era un mesero que pasaba por el lugar y que le llamo la atención ver la silla de ruedas a la orilla de la alberca, rodeo la piscina hasta ver una niña sumergida en el fondo, sin pensarlo se arrojó al agua para sacarla, ella prácticamente ya había llegado a la orilla, si la niña  hubiera levantado la vista se habría dado cuenta que estaba a medio metro de  haber llegado.
 
La llevo corriendo a la enfermería, ahí le dieron oxígeno, la revisaron, estaba bien, solo profundamente agotada, localizaron al padre y a su esposa que seguían en el restaurante festejando, llegaron corriendo, angustiados, ya su hija estaba reaccionando.
 
La niña les conto emocionada que había durado casi cinco minutos bajo el agua, de cómo se había volteado, de cómo había por el fondo caminado, de como nunca se dio por vencida, de cómo le habían dicho que había llegado hasta el otro lado.
 
La miraron, era tan profunda su emoción que no quisieron regañarla en ese momento, ya habría tiempo para hacerlo, ahora lo importante es que estaba viva, que no había sido más que una mal planeada travesura...
 
Esos minutos debajo del agua fueron más que una espeluznante aventura, la niña consentida y caprichosa por sus capacidades diferentes que se arrojó a la alberca no fue la misma que fue rescatada, en su lugar emergió una jovencita con una madurez asombrosa para su edad, nunca tuvo miedo, se fijó un objetivo que lo siguió sin vencerse, supo reconocer sus limitaciones para hacerles frente, reconoció como su cuerpo le había recompensado en sus brazos la falta de movimiento en sus piernas, estaba orgullosa de lo que era, de lo que había hecho y de cómo lo había conseguido, porque ya estando todos tranquilos, cuando le dijeron lo cerca que estaba de la orilla, ella les reclamo por no haberla dejado terminar, ahora todos estaban seguros de que lo hubiera podido lograr.
 
Mil cuatrocientos uno, mil cuatrocientos dos, mil cuatrocientos tres, mil cuatrocientos cuatro, de nuevo contando, de nuevo usando los segundos para medir sus brazadas, pero ahora como un metrónomo para llevar la cadencia de sus brazos, sin dejar de contar, con el mismo esfuerzo en unos brazos ahora marcados por tanto practicar. Mil cuatrocientos cinco, mil cuatrocientos seis, mil cuatrocientos siete y toca la orilla de la alberca... Ahora de dieciséis años, estaba rompiendo el record femenil en los Juegos Paralímpicos de Londres, era la competidora más joven y acaba de romper el record que estaba vigente, convirtiéndose en favorita para las Olimpiadas Paralímpicas del próximo año.
 
Después de su aventura duro un año llorando, suplicando, rezando para que le dejaran de nuevo acercarse a una alberca, solo lo logro con un profesor especial, contratado para darle clases particulares, desde el principio el maestro se sorprendió de lo decidida que era esa esa niña, de la madurez con la que reconocía sus propias restricciones.
 
Aprendió a nadar sin problemas, aprendió a bucear, aprendió a snorkelear, aprendió a superar sus miedos, aprendió a reconocer las ventajas en sus desventajas, les enseño a más de uno que las limitaciones solo existen en las mentes de quienes nunca lo intentan, que no vienen al nacer... Que solo existen en quienes sin intentarlo, simplemente se dejan vencer.