domingo, 1 de febrero de 2015

Un día normal de oficina...


Está una mujer sentada en la sala de espera, tiene la cabeza cubierta con una pañoleta, no tiene cabello, se le ha caído totalmente junto con las cejas y las pestañas, es lo normal que queda después de cinco quimioterapias.

En lo que espera a que la reciba el especialista para conocer el resultado de sus últimos análisis, recuerda de sus últimas carreras como maratonista, de las llamadas eternas de todos sus pretendientes, de lo hermoso que siempre lucía su cabello, de lo esplendido de su cuidado cuerpo; ahora extremadamente delgado.

Su madre está sentada frente a ella, respetando sus pensamientos. Sonriendo, pero llorando por dentro; apoyando a su hija en todo momento.

Tiene tres hijos que ha mantenido sola, desde que se divorció cinco años antes. Ella los ha sacado adelante, siempre luchando por ellos, como ahora lo está haciendo por su propia vida.

Le diagnosticaron cáncer de pecho cuando acompañaba a su madre a que se hiciera una mamografía, en esas campañas gratuitas para la prevención de la enfermedad que hubo en su ciudad, la mamá no quería hacérselas, solo aceptó si su hija la acompañaba. La mamá salió negativa, a la acompañante le descubrieron un pequeño tumor.

La noticia fue devastadora para una joven madre que siempre fue tan activa, una mujer que siempre cuidaba de sus alimentos, que nunca bebía, que menos fumaba. Ahora estaba ahí, sentada, esperando su turno con el oncólogo para que le confirmara que ya todo había terminado, que esa pesadilla había finalizado.

Por las quimioterapias había dejado de comer, su estómago se le revolvía con solo oler la comida, se mantenía con jugos de vegetales y vitaminas, pero su cuerpo ya mostraba el costo de no comer alimentos sólidos, su bella figura había dado paso a un cuerpo esquelético sin vellos en su cuerpo.

Los minutos pasaban muy lentos, como arrastrando el tiempo; haciendo eterna una espera que servía como pantalla para una película de su vida, recordando de sus tiempos de estudiante, de su primer novio, de su primera vez, de sus relaciones formales, de sus variados amantes. 

Seguía sumida en sus pensamientos mientras tenía su mirada fija en el suelo, la madre solo viéndola de frente; ya había aprendido que era mejor dejarla cuando se perdía en sus recuerdos, de nada servía traerla de vuelta, cuando lo hacía, su hija solo preguntaba por la hora, que solo variaba unos minutos desde la última vez que lo preguntara.

El suave murmullo de las lámparas incandescentes del techo es lo único que se oía, junto con el ocasional sonido de puertas abriéndose y cerrándose en el interior de la pequeña clínica, una recepcionista estaba ocupada en interminables tecleos en su computadora, mucho escribir para tan solo dos pacientes que esperaban turno, su sonrisa discreta evidenciaban su concentración en sus redes sociales.

Pasó otro minuto, largo y eterno como el anterior, minutos recios a dejar fluir el tiempo, necios a que se llenaran con pensamientos de recuerdos que ya habían sido olvidados, viejos rencores que estaban siendo cicatrizados, obligados por esa sensación de que ya se estaba terminando su tiempo.

Se abrió una puerta, una señorita vestida de con un impecable uniforme blanco dijo un nombre - Yo soy - La mujer contestó, parándose de inmediato, flanqueada por su madre. La enfermera les sonrió, con esa sonrisa corporativa tan practicada, tan insensible ante el dolor de quienes desfilaban por su lista, le dijo - Por favor síganme, el doctor ya las está esperando - Mientras se hacía a un lado, sosteniendo la puerta para que ellas pasaran.

Pasaron la puerta y esperaron a que la enfermera las guiara, caminaron por un pasillo lleno de puertas cerradas solo identificadas con números y letras, sin sentido para ellas, muy claras para quien muy seria las guiaba. 

 Llegaron frente a una, la enfermera tocó primero para después abrir la puerta, sin esperar una respuesta. Un médico muy serio se levantó de su escritorio, invitándolas a pasar y sentarse en dos sillas vacías que tenía frente a él, mientras con una mano sostenía un par de radiografías, una del pecho y otra de la cadera. Ambas con áreas oscuras señaladas con pluma, ambas tomadas un día antes de esa visita, cuando le informaron que su vida dependía del resultado de esas radiografías. 

La enfermera cerró la puerta tras ellas, tachó el nombre de la mujer en la lista que tenia y se empezó a preparar para la siguiente cita, en ese día normal de oficina.