lunes, 6 de junio de 2016

En una noche de conquista...

Estaba un hombre maduro, arreglándose para salir a pasear, tenía meses que se había divorciado, respetó el tiempo de luto que por etiqueta y por respeto a quien fuera su pareja por tantos años, sentía debía de guardar, llevando una vida discreta, evitando ponerse en evidencia frente a sus mutuos conocidos.
Pero hoy era diferente, ya había pasado el tiempo suficiente. Ahora estaba listo para salir, para conocer gente, para hacerse ver en los lugares donde pudiera conocer, a quien le pudiera dar nuevas esperanzas en el amor.

Había renovado todo su guardarropa, sin limitarse en nada. No importaba lo que costara, si le quedaba bien y lo hacía sentirse bien, bastaba para comprarlo. Sin ver el precio, solo importando lo que el espejo le mostraba, como se veía, sonriendo por ver que aún conservaba ese algo que lo distinguía, en sus tiempos de conquistas.

Termino de vestirse, de peinarse, de perfumarse. Sonriendo complacido a la imagen de cuerpo completo, que le devolvía el gran espejo que recién había montado en su closet.

Estaba listo, bajó las escaleras del departamento donde vivía, haciendo rechinar sus zapatos nuevos. Salió a la calle, sonriendo al ver su reluciente automóvil estacionado en la calle, recién encerado, no cabía duda que esta noche era su noche.

Llego al bar que estaba de moda para solteros de su edad, lleno de gente madura vestida impecablemente. Los caballeros luciendo muy caros relojes, las damas atrevidos escotes, la temporada de caza había comenzado.

El elegante caballero entró al lugar, paseando por todas partes, haciéndose ver, midiendo las miradas que iba recibiendo, sonriendo coqueto a las sonrisas coquetas. Dio un par de vueltas hasta que localizó a una presa.

Era una dama, madura, bien vestida, bien conservada. Estaba con un par de amigas, todas elegantemente vestidas. Platicaban para ellas pero se reían para todos, haciéndose notar, sabiendo que se hacían notar, gozando el sentirse observadas por los lobos alfas que llenaban el lugar.

Después de un intercambio de miradas, de algunas sonrisas, se hizo el acercamiento. Los temas de charla salían uno tras otro, con silencios que se llenaban con sonrisas coquetas, con momentos llenos de excusas para los roces con las manos, hasta terminar platicándose al oído, enroscados en un abrazo por ambos aceptado.

Las horas volaron, ella se despidió de sus amigas, sabía que esa noche ahí no terminaba. Ambos salieron abrazados, con muchas risas provocadas por tantos brindis realizados.

Él le abrió la puerta, ella encantada se subió, sonriendo por el gesto tan caballeroso. El galán se subió por su lado y aun no terminaba de sentarse, cuando ella ya estaba encima de él besándolo.

El trayecto al departamento fue un flotar entre el denso entorno provocado por las promesas y besos de esos dos enamorados, el manejando, ella colgada en su regazo, besándolo a cada momento mientras lo iba acariciando.

Llegaron al edificio donde él vivía, subieron los escalones, llegaron a la puerta del departamento. Él abrió como pudo, mientras ella no dejaba de besarlo, cerró la puerta y empezaron a desvestirse, ella ya jadeaba por lo excitada que estaba, el concentrado en tocar cada parte que iba quedando sin ropa, acariciando, besando. Llegaron a su habitación, se tiraron en la cama, ella ya solo vestía las bragas, el aún conservaba casi toda su ropa. Le quito lo que le quedaba de ropa a esa mujer que tenía ya los ojos entrecerrados por el placer que la inundaba esa aventura; el poso su mano en la depilada y muy húmeda vulva, introduciendo sus dedos entre los gemidos que ella soltaba.

Ella ya no podía mas, necesitaba sentirlo dentro, le quito la camisa, le desabrocho el cinturón, le abrió el pantalón, mientras el no deja de humedecer sus dedos en esa fuente de miel interminable.

Él se quitó el pantalón, se deshizo de los calcetines, quedando solo en unos calzones... Que no guardaban nada.

El seguía besándola mientras no dejaba de masturbarla con sus dedos, mientras con la otra mano, de forma desesperada, intentaba despertar a un miembro que parecía que nunca fue invitado a la fiesta. Un miembro con una mínima erección, que solo le podía servir para no mojar el piso del baño si fuera a orinar, pero que no le servía de nada, para complacer a una mujer que gritaba exigiendo ser penetrada.

Ella buscaba tocarlo, sentirlo. Quería de igual forma sentir entre sus manos la hombría de ese galán que la tenía tan mojada, tan excitada. Tenía mucho tiempo de no tener una relación y ese hombre le había movido un sentimiento que pensaba tan olvidado, como lo era la lujuria.

Ella buscaba agarrarlo, pero él no la dejaba. Seguía peleando la batalla de su vida con sus dos manos; una para seguir teniendo a su merced a esta bella mujer, la otra mano luchando por que se levantara, lo que esa noche ya había decidido a no levantarse. Sentía que la dignidad se le iba por las manos, al igual como fluía toda esa miel entre sus dedos, miel que empezaba a secarse, cuando esa bella mujer notaba que ahí había algo raro.

Hubo un momento en que los besos se detuvieron, los jadeos pararon, las sonrisas se acabaron.

Ella, sin decir nada, empezó a vestirse. Él, sin decir nada, veía como se esfumaba la victoria de una batalla que creía ganada.

Ella termino de vestirse, se paró, tomo su bolso y sin decir más, camino a la salida. Él, vistiendo solo el calzón y la camisa a medio abotonar, intento detenerla tomándola del brazo. Ella se detuvo, lo volteo a ver, con un rostro que pedía mil respuestas. Él fijo su mirada en ella, buscando las palabras adecuadas, pero no encontró una sola que pudiera mover esos labios, los mismos labios que no paraban de moverse cuando tanto la besaba.

Se quedaron viendo un instante que pareció eterno, el no supo que decir, se quedó mudo. Logrando que un rostro que pedía mil respuestas se convirtiera en un gesto de frustración. Su mano la soltó, cayendo a su lado su brazo, inmóvil, como una lúgubre imitación de lo que guardaba dentro de su calzón.

Ella salió del departamento, mientras pedía un taxi por su celular.  

Él se quedó inmóvil, parado afuera de su habitación, sintiendo en sus hombros el peso de todos los años que tenía.

Se dio la vuelta, caminó a su cuarto, pasando al baño; sin voltear a ver la imagen del gran espejo que hacia tan solo unas horas reflejaba a un ganador, y que ahora solo veía pasar a un guerrero, cuya triunfal carrera fue truncada por algo tan débil… Como la falta de una simple erección.