lunes, 14 de octubre de 2013

Reflexion de un anciano en penitencia con la vida

Veme aquí, sólo, cansado, sin la fuerza que tanto presumía, sin el porte que tanto me distinguía y sin la vitalidad que tanto repartía, el triste desenlace de vivir una felicidad simulada amparada por los excesos...
 
Destinado a terminar en la soledad, tal como me lo propuse desde que la razón me lo permitió, despreciando cualquier demostración de amor de todo aquel que una y otra vez hacían todo por dármelo, demostraciones que fueron disminuyendo, terminando, desapareciendo...
 
Sólo, con la curvatura de mi espalda que me obliga a caminar encorvado, sumiso, suplicante, implorando una migaja de lo que tanto menosprecie, rogando por lo que a manos llenas tire, desprecie... Rogando por alguien que me pueda querer.
 
Que poco queda de mí, nublada la memoria por tantos abusos, mis manos temblorosas ya no tienen la fuerza de sostener ni mis últimos suspiros de vida, ya sobrados, ya innecesarios...
 
Sin recuerdos inmediatos de felicidad, sin saber el significado de una familia, sin los hijos que representaban el obstáculo en mi carrera y que ahora significarían la base de mi existencia.
 
¿Donde están los triunfos, los reconocimientos, las felicitaciones, los logros por los que incansablemente dedique todo mi tiempo? ¿Donde están esos amigos con los que me perdía en las sombras del olvido provocadas por la euforia del alcohol?.
 
Siempre criticando a las malas compañías que en mi vida abundaban sin darme cuenta que eran solo el producto de lo que yo mismo incitaba.
 
Recuerdo haberme topado con la felicidad despreciada, ya con su propia familia, feliz y realizada, fuerte y completa, plena y satisfecha, reconciliada con la vida a la que tanto reprochó cuando yo la desprecie por seguir esa vida irresponsable.
 
Poco a poco fueron desapareciendo mis amigos, no murieron, despertaron de la somnolencia a la que yo los tenia obligados a vivir, formaron sus familias y empezaron lo que antes se negaban a iniciar, el empezar realmente a vivir.
 
Nuevos amigos remplazaron los pasados, nuevas compañías, mismas parrandas, peores resultados. La necedad de seguir esa vida cambio a los amigos afines por los comprados, las mismas platicas repetidas un sin número de veces, mismas palabras, diferentes oyentes.
 
Los años pasaron, ahora mi andar es cansado, convertido en una sombra más en noches cada vez más eternas, ahora sin ver por las cataratas que ciegan mis ojos, los mismos ojos que en realidad nunca vieron lo que hacia, cuando antes estaba siempre ciego ante mi apatía de gozar lo mas simple de la vida, lo que no me costaba ni un centavo, el poder disfrutar de la compañía de los que en su momento realmente me querían, de poder hacer valer el único derecho que nos da la vida... El poder tener a nuestra propia familia.