viernes, 15 de noviembre de 2013

Sueños fugaces...

La vi, me vio, fue una sola mirada en la parada del colectivo. Le Sonreí, me sonrió, dos claras señales en el mismo instante.
 
Me quedo con palabras mudas ante su imponente belleza, ambos somos obreros, lo confirmo por la vestimenta. No hay barreras sociales, solo mis prejuicios personales; prejuicios fincados por experiencias amargas, de desencantos constantes en amores breves, siempre buscando princesas en carnes de burdeles.
 
Pero ahora que la veo, sé que es el momento, que es algo diferente. Busco una buena excusa para acercarme, para hablarle, para intercambiar pareceres; ahora que vamos en la tercera mirada.
 
Se acerca un bus, no es mi ruta. Me preparo para acercarme, me acerco sin prisas. No quiero verme urgido cuando llegue con ella. Ya estoy a unos pasos, pero justo cuando estoy a punto de hablarle, se da la vuelta para subirse al colectivo.
 
Me quedo parado, viendo cómo sube las breves escaleras, para ser engullida por ese camión. Mientras el San Pedro, pasado de peso, que está sentado tras el volante del desvalijado carruaje, se me queda viendo, mientras cierra sin reparo, las puertas del cielo eterno.
 
Mudo, sin moverme, veo como se aleja mi fugaz ilusión. Sueños que se desvanecen con el humo del desvencijado camión. ¡Me hubiera subido, le hubiera hablado! Como siempre, cuando ya es demasiado tarde, tenemos la solución.
 
De haber sabido que ante la gloria me iba a quedar callado, nunca por la mañana me hubiera levantado.