sábado, 21 de diciembre de 2013

Siempre el mismo final...

A punto de salir de otro día laboral, nada distinto, la rutina como siempre presente, con su mala costumbre de alargar los minutos, donde los segundos se dan su tiempo, sin prisa, con aparentes pausas entre uno y otro, imperceptiblemente notorios, todos testigos de como el caprichoso tiempo nos demuestra quien es el que manda.
 
Ya el día pierde su tono, las dilatadas sombras van ganando su lugar en la tarde, se abren camino, llenan las calles, el sol agonizante lanza sus últimos rayos, las tonalidades cambian, los colores en grises se pierden, para algunos el día se extingue, para otros el día apenas empieza.
 
Camiones llenos de gente que regresa a sus hogares, jornaleros con los rostros abatidos, adormecidos, fatigados, balanceándose, arrullándose en un mismo ritmo, ritmo que los tiene danzando como en una misma tonada, tonada que todos imperceptiblemente bailan.
 
Automovilistas mal encarados librando épicas batallas en campos de asfalto, donde las carretas y caballos motorizados son usados como armas contra sus iguales, todo por ganar el paso, todo por llegar primero.
 
Los transeúntes, cual serenos toreros dando sus mejores faenas, buscan llegar a la acera de enfrente, toreando a feroces bestias que despiadadamente los embisten, una tras otra, una empujando a la otra, todos controlados por un juez de plaza que con sus colores verde amarillo y rojo da inicio a las nuevas corridas que minuto a minuto se generan...
 
Todo empieza en minutos, el caos en segundos, siempre el mismo final... Para toda jornada laboral.