sábado, 7 de diciembre de 2013

Una navidad...

En una tarde gris, afuera está nublado, con un frio que se cuela por las ventanas y que la calefacción no termina de domar. Un aire frio que indica el invierno, temporada invernal para festejar la navidad.
 
Él está en el árbol, acomodando las esferas, poniendo listones, preparando las luces; la estrella en lo alto, vertical no queda, renegando y batallando, ya varias horas invertidas lleva en intentar dejar ese árbol listo.
 
Al pie del árbol hay varios regalos, todos envueltos perfectamente, todos con papel diferente; para poder distinguir de inmediato, a quien va cada uno destinado.
 
Ve la hora, justo el tiempo para los últimos preparativos de la cena. Todo al último momento, como siempre, indeciso, hasta al último todo lo hizo.
 
Todo sea por los niños, ellos todo se merecen. Para él, esta fecha es solo un día más; para sus hijos, siempre es algo especial. Por ellos, solo por ellos, desde la madrugada levantado está, puliendo hasta el último detalle, el espíritu navideño de esa casa, se aprecia desde la calle.
 
¡La cena! Corre a checar el horno, a punto el lomo. Este año no toca pavo, ese año tocó cambiar qué cenar, está seguro que por el lomo, nadie le va a reclamar...
 
Prepara una ensalada, una de frutas, como a su pequeña hija le gusta; y un rico pudín, como el que el hijo más grande, suele pedir.
 
Ya tiene todo listo; enciende las luces del árbol, las luces que adornan la casa por fuera, las luces que adornan las escaleras, las que aluzan las figuras navideñas. Luces de navidad que a todos informan, que en esa casa el espíritu navideño está presente.
 
Sirve la mesa, mesa para cinco, él, su esposa y sus tres hijos.
 
Sendos platos servidos, cánticos navideños de fondo, las luces del árbol parpadeando dan la atmósfera perfecta. Es el momento de hacer la oración, para dar gracias por la cena y todas las bendiciones recibidas.
 
Se aclara la garganta, no puede evitar sentir un nudo en la garganta; es una fecha muy emotiva, para cualquier familia tan unida.
 
Juntando sus manos, con los ojos cerrados e inclinando la cabeza, empieza a dar gracias - Señor, te damos gracias por esta cena servida, por todas las bendiciones recibidas. Por el trabajo que me has dado, por mi salud, que me permite, pese a todo, seguir cada día levantado...-
 
Sin dejar de tener sus manos juntas, sigue rezando - Mi Dios, te doy gracias por la voluntad que me has dado, para que año con año, pueda preparar todo para sentir a mi familia a mi lado. Gracias por los alimentos, gracias por los arreglos, gracias por permitirme hacer de toda la colonia, la casa mejor arreglada. -
 
Tras un breve instante, obligado por la emoción que le daba el momento, continuó rezando - Te pido por mis hijos y por mi bella esposa, que desde hace dos años los tienes contigo, dame la fortaleza para poder seguir viviendo, sólo con su recuerdo. Para poder tener la fuerza, de sin ellos seguir viviendo.
 
Y derrumbándose en la mesa, llorando con todas sus fuerzas, terminó su oración. Con gemidos incontrolables, con el rostro deshecho por su lamento. Con su cara sumida en un brazo, mientras con el otro, una silla vacía abrazaba.
 
El hombre, para sanar su alma, lloraba. En esa mesa con cinco platos servidos, cinco platos para cinco sillas; la suya y otras cuatro ocupadas… Sólo con fotografías.