viernes, 28 de marzo de 2014

Más tiempo de vida…

Es una mañana muy temprano, a la orilla del lago junto al muelle se escucha un gran alboroto, está un hombre tirado, sumido esta entre paramédicos y rescatistas, esta todo mojado, con la camisa rasgada por los primero auxilios, yace sin vida mientras varios dedicados paramédicos le aplican RCP para intentar volverlo a la vida.
 
Es un indigente, viste unos pantalones raídos y muy sucios, esta descalzo, suponen que perdió su calzado durante el tiempo que estuvo bajo el agua.
 
Los testigos comentan entre ellos diferentes versiones de lo que ahí ha pasado, unos afirman que el rescatado se arrojó intencionalmente al agua, otros señalan que fue un accidente cuando estaba pescando, otros aseguran que le paso por andarse drogando, lo que haya pasado realmente no importa, para los rescatistas su trabajo es solo volverlo a la vida...
 
Arduo trabajo representa revivirlo, los curiosos extasiados luchan entre ellos para no perder detalle, nadie quiere perderse esa escena sacada de algún drama de la vida real. Todos atentos a como le ponen las inyecciones, como le dan las respiraciones, como se turnan para presionarle el pecho, todos absortos, todos nerviosos, todos sumidos en una curiosidad morbosa esperando confirmar que el rescatado, muerto quedaba.
 
Tras varios minutos se escuchó un tosido, se escuchó como una exclamación ahogada hacía eco en todos los presentes, el muerto regresaba a la vida, todos aplaudieron, los paramédicos entre ellos se felicitaron, lo pusieron en una camilla y partieron a un hospital público…
 
El tiempo de recuperación fue rápido, ese indigente tenia años de vivir en la calle por lo que un poco de descanso y los tres alimentos diarios hicieron que su sentido de supervivencia tan desarrollado reaccionara de inmediato, al tercer día ya estaba bien, lo revisaron, nunca pudieron aclarar que era lo que en realidad había pasado, no les interesaba mucho hacerlo, la urgencia era poder dejar disponible de nuevo su cama, tras revisarlo de nuevo lo dieron de alta.
 
Salió del hospital, limpio, recién bañado, con nueva ropa que le habían regalado, se vio sus uñas, por primera vez en años las veía limpias, cortas, tocaba su cara ya sin su larga barba que le habían rasurado, calzaba unos zapatos nuevos que también le habían regalado…
 
No recordaba muy bien lo que había pasado, tenía varios días perdido de borracho inhalando solventes que tenían nublada por completo su mente, solo recuerda haber despertado en ese hospital donde intentaban responder las mismas preguntas que se hacia él.
 
Ahora ya bañado, con ropa limpia, partió al lugar que le ha servido de hogar durante los últimos veinte años, empieza su andar hasta llegar a las orillas de la ciudad, se adentra en el bosque hasta una pequeña choza en un claro abierto entre la vegetación, dentro solo tiene un cartón que le sirve de cama y todo lo demás está lleno de basura, de comida echada a perder, después de estar esos días en ese hospital donde todo estaba pulcramente desinfectado, donde él fue todos esos días bañado, el olor a putrefacción lo desconcierta, por veinte años vivió así y solo bastaron tres días sobrio y limpio para sentir repugnancia de lo que ahí veía, de lo que ahí olía.
 
Ratas salían por los lados de su inclemente choza, a un costado, tapado por algunas tablas, se veía el alcohol etílico que usaba para beber, el Resistol y el thinner  que usaba para inhalar, un poco más atrás estaba el lugar abierto que usaba como baño, el olor mezclado de todo eso, por primera vez en años, le habían revuelto el estómago.
 
Estaba por cumplir los treinta y cinco años, empezó su vida de indigente cuando perdió a su padre, estando viuda su madre se fue a vivir con un amigo de su padre, el nuevo padrastro nunca lo acepto, él tenía un gran parecido con su padre por lo que cada vez que se embriagaba el padrastro lo corría de la casa.
 
Vagó de casa en casa pasando por todos sus parientes hasta que su propia rebeldía lo lanzo a la calle, desde entonces mendigaba, robaba, viviendo en la calle, viviendo de la calle, los inhalantes y el alcohol barato formaron parte de su dieta natural, en el hospital lo habían mantenido con tranquilizantes por lo que no había resentido los reclamos de tantos años de vicio, pero ahora ya empezaba a sentir esos temblores que le exigían un trago, que le pedían drogarse de nuevo…
 
Caminó de regreso a la ciudad, los sudores fríos ya recorrían su cuerpo, el hambre también ya le exigía su parte, cuando vivía perdido en los vapores del vicio no recordaba ni de alimentarse, ahora en esa cruda sobriedad todo era diferente, los colores del día eran más vivos, las necesidades más imperiosas, necesitaba alimentarse o nuevamente drogarse.
 
Llego a un parque después de caminar cerca de dos horas, se sentó en una vieja banca para descansar sus pies que no estaban acostumbrados a caminar sin sentido, el estómago era un eco constante de los ruidos de sus jugos gástricos exigiendo que digerir, un cuerpo al que nunca alimentaba ahora resultaba ser un coro inestable de ruidos estomacales que le exigían algo de comer, esa sobriedad estaba resultando la peor de sus crudas, la peor resaca de una vida tan entregada a una somnolencia perpetua, a divagar en una nube cerrada creada de los vapores producidos por los alcoholes que en su cuerpo terminaban de fermentar…
 
A lo lejos vio el hospital donde había estado, donde lo habían salvado, todos se habían portado muy bien con él, le habían regalado lo que ahora vestía, le dieron de comer tres veces al día, era como una pequeña isla que se asomaba en su mar de desesperación.
 
Llego a la entrada principal, entro pero no pudo pasar más allá del área de recepción, no supo decir el nombre de algún doctor o de alguna enfermera a la que le pudieran llamar, pregunto por la salida para el personal y hacia allá se dirigió, esperanzado en poder encontrarse de nuevo con alguna de esas almas caritativas con las que convivio esos días, llego a la puerta que estaba cerrada y con la entrada controlada, tomo asiento en la acera y ahí espero, paciente y esperanzadamente espero… Pero nadie que reconociera salió.
 
Pasaron tres horas, sin moverse se quedó atento a la puerta, muchos entraron, muchos salieron, vestían ropas de calle, nadie tenía puesta las batas o el uniforme de enfermeras, las mujeres con el cabello suelto, los hombres con ropas ligeras, no había forma de reconocerlos si se hubiera encontrado con alguien…
 
Ya la frustración inundaba su alma, los quejidos lastimeros de su estómago se confundían con el temblor de su cuerpo, necesitaba ya beber algo, inhalar algo, ya el comer había dejado de ser la prioridad principal, ahora necesitaba dejar atrás ese mundo virtual para llegar a su mundo real, un mundo difuminado en siluetas borrosas, formas confusas, con voces que perdían sentido por sus bajas revoluciones, donde los movimientos eran tan lentos que no había necesidad de preocuparse de nada mas, solo de divagar, solo de vagar por su mundo real.
 
Se levantó de donde estaba y dio la vuelta al hospital, paso por la salida de emergencia, ahí vio varios ambulancias, con paramédicos vestidos iguales que los que lo habían rescatado, sintió un aire de esperanza refrescando todo su cuerpo, paso a un lado de ellos, tratando de reconocer a sus héroes anónimos pero ninguno le pareció conocido, cuando lo vieron ahí de forma automática cerraron las puertas de las ambulancias y guardaban sus cosas, como temiendo que algo se pudiera robar, todos lo veían con miradas de desconfianza, todos callaban cuando pasaba a su lado. Ya la tarde empezaba a ceder su lugar a la noche, las largas sombras todo lo cubrían, a esa hora ya las mujeres le rehuían.
 
Un policía se acercó para preguntarle si necesitaba algo, si traía alguna identificación, él no tenía nada con que identificarse, tenía muchos años que había dejado de ser alguien, hizo como que iba a buscar su cartera y salió corriendo, el policía corrió tras el pero la agilidad felina de alguien que está acostumbrado a huir de la justicia se impuso fácilmente…
 
Ahora estaba de nuevo caminando, sin un lugar definido a donde ir, con el hambre carcomiéndole las entrañas, con el cuerpo reclamando su vicio, caminando en una vida sin ningún sentido.
 
El andar solo por andar lo llevo de nuevo al lago, ahora recordaba algo del evento pasado, recordaba que llego ahí caminando, con la diferencia que llegaba ahogado en su vicio, sin una razón especifica de seguir andando, perdido en esas vidas paralelas en las que vivía vagando, tan perdido que termino en el fondo del lago…
 
Recuerda haber despertado, estar rodeado de gente, ver rostros sonriendo felicitándose entre ellos, recuerda cuando lo subieron a la camilla y partieron en la ambulancia, el con una mascarilla de oxígeno fija en su rostro.
 
A un lado sentado iba un muy joven paramédico quien le dijo triunfante cuando él lo volteo a ver… ¡Te hemos salvado!, ¡Te hemos regalado más tiempo de vida!
 
Cuando llegaron al hospital todos fueron muy buenos, todos le explicaban las medicinas que le ponían, la comida que le daban, todos con el platicaban, todos fueron muy amables, todos eran tan agradables, todos muy atentos… Pero nadie nunca le dijo que podía hacer con ese tiempo adicional de vida que le habían dado.
 
Ahora estaba sentado, viendo el agua del lago, con esas pequeñas olas danzantes que reflejaban la luz de la luna, olas que como pequeñas manos se agitaban en el agua, como llamándolo, como incitándolo a entrar en el agua…
 
Se paró y empezó a caminar a la orilla del lago, escuchando una vez  y otra vez la voz del paramédico sin parar…
 
-¡Te hemos salvado, te hemos regalado más tiempo de vida! ¡Te hemos salvado, te hemos regalado más tiempo de vida! ¡Te hemos salvado, te hemos regalado más tiempo de vida!
 
El agua helada mojo sus pies y detuvo su paso, con las manos metidas en las bolsas del pantalón veía hacia el centro del lago, las palabras seguían repitiéndose con ecos macabros en su cabeza.
 
-¡Te hemos salvado, te hemos regalado más tiempo de vida! ¡Te hemos salvado, te hemos regalado más tiempo de vida! ¡Te hemos salvado, te hemos regalado más tiempo de vida!
 
Con un grito se tapó los oídos para intentar callar esa voz que se repetía una y otra vez…
 
-¡Te hemos salvado, te hemos regalado más tiempo de vida! ¡Te hemos salvado, te hemos regalado más tiempo de vida! ¡Te hemos salvado, te hemos regalado más tiempo de vida!
 
Con sus manos en sus orejas levanto su mirada al cielo y le grito desde lo más profundo de su ser, con un grito desgarrador producido por la lucidez que le dieron esos cuatro días de sobriedad...
 
¡Porque me has dado más tiempo de vida, si yo ya estaba salvado de esta miserable vida!
 
Al día siguiente encontraron un cuerpo flotando en el lago, estaba vestido completamente, quienes lo sacaron no pudieron evitar un escalofrío, ese hombre tenía su rostro tranquilo, apacible, como si estuviera durmiendo, con cierto miedo juraban… Que ese muerto estaba sonriendo.