miércoles, 24 de diciembre de 2014

En una cena de Navidad...

Son las diez de la noche, es nochebuena y todos celebran la Navidad en ese lujoso restaurante. Todas las mesas están ocupadas por familias enteras, algunas de ellas completas; incluyendo los abuelos, tíos, primos. Es un día para estar rodeado de toda la familia.
 
Un gran árbol de navidad adorna el centro del lugar; un niño de seis años está impactado con la majestuosidad del árbol. El restaurante tenía la fama de siempre contar, con el árbol natural más grande y adornado de la ciudad. 
 
Ese niño no paraba de reír mientras veía el árbol, con esa risa profunda y sincera que sólo la dan los inocentes de su edad. Veía con gran curiosidad, todo lo que tenían los demás para cenar; pavos, lomos, pastas, es una gran variedad de comida la que se ve, entre las copas del buen vino con la que brindan los comensales del lugar.
 
Muchos niños están abriendo sus regalos, risas histéricas de los pequeños, mezcladas con las risas discretas de los adultos, se escuchaban por todos lados. Algunos empiezan a jugar con sus juguetes nuevos, compartiéndolos con los niños de otras mesas, a esa edad, cualquier niño es un buen compañero para jugar.
 
El niño reía con gran felicidad, primero discretamente, como con pena. Después con unas grandes carcajadas, contagiado por todo lo que veía, riendo de ver cómo los otros niños primero jugaban para después pelearse y a los cinco minutos reconciliarse. 
 
Reía como loco viendo todo lo que pasaba, no hay nada más auténtico, que la risa de un niño; porque florece de un alma que es pura, sin miedo a expresarse, sin rencores que la opaquen, sin envidias que la contaminen. 
 
Poco a poco subía el tono de su risa, hasta terminar en grandes carcajadas, carcajadas que le nublaban la vista. Cuando esto pasaba, más se reía, mientras con sus manitas se tapaba su boca, para que su aliento no siguiera empañando el vidrio por donde todo lo veía. 
 
El vidrio de esa ventana que daba a una gran avenida; desde donde tenía recargada su frente, viendo todo el festejo. Sin perder detalle, parado en la calle, emocionado viendo la felicidad de otros; mientras intentaba olvidarse de lo helado del piso, de sus piececitos descalzos.