sábado, 10 de enero de 2015

La puerta falsa...

Un hombre está sentado en una mesa en la soledad de su casa, con una angustia que carcome sus huesos. Sentado en medio de notas y facturas que tienen que ser pagadas, sin tener nada con qué pagarlas. Los plazos se vencen, recibiendo llamadas constantes, siempre cobrando, de gente sorda ante cualquier excusa, ante cualquier motivo, ante cualquier explicación por no pagar. Nada les importa, sólo que se pague en tiempo y forma.
 
Está desesperado, no encuentra salida. Ha buscado el apoyo de su familia, pero sólo están disponibles para fiestas y eventos, sólo los encuentra cuando es para invitarles a un festejo, nunca los encuentra cuando realmente necesita de ellos.
 
Sus amigos, como el humo de ese cigarrillo, se han desvanecido. Todos los que sobraban en su casa, cuando pagaba los tragos, ahora han desparecido.
 
Ahora está sólo acompañado de sus acreedores, que son los únicos que han decidido a no abandonarle. Han decidido a estar con él, hasta exprimirle lo que ya nada hay que exprimirle, esperando sacarle hasta el último centavo, sin saber que tiene ya meses, que lo ha dado.
 
Ahí está sentado, sólo, por amigos y parientes, abandonado. Sin más suerte que una deseada y anticipada muerte, que termine con este negro presente.
 
Las probables salidas se le han terminado, las probabilidades de conseguir ayuda se han extinguido. El vivir con tanta presión desde hace tiempo dejó de ser vida, sólo le queda una opción, que al final, para muchos, es la mejor decisión.
 
Toma una pistola que tiene en un cajón, es una pistola que le dejó su padre, una herencia que viene desde su abuelo. Era una pistola Luger de la primera guerra mundial, famosa por nunca fallar, famosa por ser tan letal.
 
Su padre le dijo - Úsala sólo cuando de eso, dependa tu vida - ¡Que ironías de la vida! Lo que le dieron para defender su vida, también le abría una forma, de sacarlo de esa vida.
 
Una llave que para muchos, ha servido para salir de esa vida, por la puerta falsa. Una puerta falsa que para algunos, es un acto de cobardía, pero que para otros, es la única salida.
 
Se le queda viendo a la pistola, la toca con ambas manos; confirma que tiene balas, la carga y sin pensarlo más, se levanta. Está decidido y listo para salir por esa puerta... Para salir a la calle a empeñar esa prenda.