viernes, 16 de febrero de 2018

El Señor Destino...

Y sus caminos se cruzaron, después de vivir por años unas vidas paralelas de las que nunca se encontraron. Caminaron muchas veces, uno a un lado del otro, sin nunca mirarse, sin nunca enterarse de la existencia del otro... Simplemente no era el momento.

El Señor Destino, sentado en una vieja silla de roble, ve el gran tablero donde todos los seres se mueven como si fueran piezas independientes, diariamente, al azar piensan  las piezas que ahí se mueven. Perfectos caminos, bien trazados, se aprecian en ese tablero, como si fueran millones de micro trenes eléctricos siguiendo una vía ya por alguien establecida. Tan perfecta, que en muchos trazos parecen a punto de chocar, pero al final, ni siquiera se rozan, ni siquiera lo notan las piezas que nunca dejan de moverse.

El Señor Destino sonríe cuando esos dos se cruzan y juntos empiezan un mismo camino. Toma un muy viejo cuaderno forrado en piel y revisa lo que ahí viene anotado, ve la fecha del día y la hora,  sonriendo pone de nuevo el cuaderno del lugar donde lo había tomado, al confirmar que la hora y el día fueron correctos, de acuerdo a quien ahí lo había anotado.

Esas dos piezas coincidieron en la misma panadería donde tantas veces habían ido antes, muchas veces el le había abierto la puerta para que ella entrara, otras ella le había cedido su lugar para que el pagara en lo que ella encontraba su cartera, que como siempre, luchaba en el fondo de su bolsa para nunca ser encontrada. Muchas veces paso esto, donde la cortesía solo daba lugar al gesto, pero nunca a la mirada. Ahora, justo en el momento exacto, ni una centésima de segundo antes, ni una centésima después, ambos tomaron la manija de la puerta para salir de la panadería, al mismo tiempo, en el tiempo exacto. Ambos voltearon a verse, se sonrieron y sintieron como una pequeña descarga eléctrica les recorría toda la espina dorsal, erizando los vellos de su cuerpo, encendiendo cada uno de sus sentidos, borrando todo lo que había a su alrededor y sobresaltando lo que en ese momento solo importaba, solo ellos dos.

Ella retiro su mano, el abrió para que salieran los dos, le ayudo con una de las bolsas de pan que ella llevaba. El le pregunto su nombre, ella le abrió su vida. No entendían que estaba pasando, era algo mágico, no importaba lo que se dijeran, el otro ya entendía lo que le quería decir. No importaba lo que uno quería, porque el otro ya se lo estaba proporcionando, tal vez no con lo mismo, pero si con algo que la mantenía al cien por ciento complacida.

Ellos volvieron a sus vidas, sin ya nunca soltarse. Felices porque lo compartían todo, dando gracias a la vida por lo que les había tocado, sin saber que solo estaban siguiendo un camino... Que ya estaba escrito por el Señor Destino.