martes, 17 de diciembre de 2013

La Pantera...

 Una mujer llena de misterios, exigente, indiferente ante las necesidades de los demás, necia ante sus propias exigencias.
 
Ya en los cuarenta, con el pelo negro, tan negro como el profundo de su mirar. Morena, como una Pantera, siempre acechando, siempre atacando, no existen disculpas, no existe la calma, no en su oficina, no en su vida, menos en su cama.
 
Apasionada como ninguna, de todo reclama, por completo se entrega; pero igual de fácil, en un instante... te desprecia.
 
Pobre de aquel que caiga en su cama, arrastrado por su fría y calculada mirada, como en una telaraña, entre más te mueves, más te enmarañas.
 
Una maestra del placer, una experta en leer el cuerpo de quien en sus manos se encuentra. Sabe que es lo que de ella esperan, sabe cómo manipular a su presa, para dejarlo ahí, justo en la cima del placer, por minutos que parecen horas, sin dejarlos bajar, hasta el momento que, fríamente, decide hacerlos terminar.
 
Después... Los vuelve cadáveres, osamentas que solo le proporcionaron el alimento que ella buscaba, ahora convertidos en desechos que solo estorban en su cama, en su casa, en su vida.
 
La Pantera impaciente espera a que los guerreros caídos recojan la dignidad que en su alcoba han tirado. Ya ni una mirada les dedica, menos una palabra, no es necesario. Ambos saben que no hay nada que decir, una helada tensión que solo les reclama su hora de partir.
 
Una mujer madura que las traiciones, engaños, decepciones terminaron con todo sentimiento. Ahora solo queda una Pantera que solo cuando tiene hambre se alimenta, ya no le importa nada más... Que solo sentirse satisfecha.