sábado, 25 de enero de 2014

En una corrida...

Son las cinco de la tarde en esa Plaza de Toros llena, no cabe ni un alma más, todos los rincones están ocupados, todos embriagados por excelsas pasiones, venerando a la muerte que en ese lugar está presente...
 
Es la primera vez que participa en una corrida, en todo el trayecto a la plaza está nervioso, un camino que le llevo una semana de andar por todas las paradas obligadas que se tuvieron que dar.
 
Es un manojo de nervios en ese cuidado cuerpo resultado de la vida sana que siempre ha llevado, comiendo solo lo mejor, con un ejército de gentes cuidándole desde siempre, es parte de un respetado linaje con una ascendencia reconocida y respetada por todos en ese medio, una alcurnia en su más puro concepto...
 
Es la hora de iniciar, la plaza convertida en un ente viscoso, con movimientos independientes de esa masa expresada en gritos extasiados, vaciados de cientos de gargantas fundidas en una misma pasión.
 
Sale al ruedo, con una gallardía y orgullo que más de uno reconoce en aullidos de aprobación, es la primera vez que se presenta y pareciera que tuviera décadas afinando su elegante presencia...
 
Los aplausos ceden, los gritos independientes callan, ahora solo se escucha un murmullo de esa corte en escrutinio del desenvolvimiento de los acusados, esperando ver resultados, jueces listos a tener sentenciados...
 
Ve a su enemigo, se olvida de todos y de todo, ahora es solamente algo entre dos, una justa entre caballeros de distinta especie, una conflagración de la que solo uno seguirá presente.
 
Los embates empiezan, uno esperando al otro, el otro atacando siempre, una lucha que esta cegada por la pasión que se despierta en instintos afinados con los años, castas que ahora están demostrando porque se ganaron ese lugar...
 
El combate continúa, cada movimiento provoca ecos extasiados en ese despiadado entorno, sonidos guturales como graves gruñidos en bestias listas para atacar.
 
Los adversarios se ven, se miden y de nuevo se atacan, con movimientos elegantes, con ataques fieros, una danza mortal que enloquece a los presentes, una danza que no dura eternamente...
 
La sangre aparece pero ninguno cede, no se les tiene permitido ceder, solo la vida se les permite perder.
 
Se miden, miradas firmes, retadoras, en el fondo por miedo temblorosas, el siente que ya es el momento de con esto terminar.
 
Con desplazamientos provocados con esa danza macabra se ponen en el centro del ruedo, se hace un profundo silencio, ambos combatientes se preparan y se atacan, el buscando ya con su rival terminar...
 
Pero no fue así, solo sintió como algo afilado por su lomo penetraba, sus entrañas perforadas, por su hocico la sangre se escapaba. Sus cuatro patas perdieron fuerza, arrodillándose en la arena, aun no comprende como paso, ve a quien combatiera pararse frente a él, con esa extraña piel que tanto brillaba, como destellos del sol que en el agua se reflejaban, siente como su cuello pierde fuerzas y finalmente cae de lado, sus ojos en sangre bañados, da un último resoplido y muere vencido en medio de una fiesta que para él… Nunca tuvo ningún sentido.
 
 
 
 
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