domingo, 7 de septiembre de 2014

Una tarde calurosa de verano…

En un parque, sentado en un banca, se ve a un hombre llorando, con una mano se tapa el rostro mientras la otra sostiene una gran bolsa que está en el piso, con un regalo en su interior, se le aprecia como inconsolable, no le importa la gente que por su lado pasa, es como si solo existieran él y su dolor, todos lo voltean a ver, no es común el ver a un hombre maduro, alto y fuerte demostrando en llanto un sentimiento que solo él conoce, una señora que pasa no puede evitar sentarse a su lado para intentar consolarlo...
 
Que es lo que te pasa hijo mío, que dolor cruza tu pecho para que puedas llorar así
 
El hombre vio a esa amable señora y no pudo evitar contarle su pena, tal era su dolor, que tenía que hablarlo para poder empezar a curarlo, ya no importaba si era alguien de toda su confianza o solo una persona de dulce mirada.
 
Vengo saliendo del doctor, me ha hecho hacerme un sin fin de exámenes, análisis y hoy  me acaba de dar el resultado.
 
La señora guardo silencio, esperando a que continuara, no quería presionarlo, presentía lo delicado que pudiera ser lo que seguiría contando...
 
El hombre de nuevo se soltó a llorar, era como un niño de cinco años que no puede ser consolado por nadie más que la mama ausente, así se veía ese hombre de cuarenta y cinco años.
 
Hijo mío, no sé qué te haya dicho el doctor, pero no hay nadie más poderoso que el Dios eterno para sanar cualquier mal.
 
El volteo a ver ese rostro bondadoso, dándose cuenta que realmente estaba mortificada por lo que le estaba diciendo, por lo que le siguió contando...
 
El medico tenía dudas de mi salud por lo que me hizo varios chequeos, pensaba que podría tener un tumor y resulto ser uno benigno, me hizo hacerme análisis de todo y todo salió bien, lo único es que no puedo tener hijos, son estéril desde que nací de acuerdo a los resultados que me leyó el médico, le dijo a la amable señora, soltando de nuevo el llanto.
 
Ella le contestó No llores, Dios nos da los hijos que no podemos tener, yo no tengo hijos y me ha dado la oportunidad de estar aquí, junto a ti, para poderte consolar en lo que me sea posible, así Dios me ha dado la oportunidad de tener muchos hijos, aunque yo ninguno haya podido engendrar.
 
El hombre por un momento calmo sus lamentos, mantenía su cara sostenida por una de sus manos, ya un poco más tranquilo, pero sus lágrimas no paraban de salir...
 
Ella continuo al ver que él se había tranquilizado un poco, Yo dure muchos años de casada, hasta que mi esposo partió, nunca tuvimos hijos pero fuimos muy felices, adoptamos a dos niños que nos hicieron los padres más orgullosos, siempre tuvimos nuestra casa llenas de sobrinos, siempre estuvimos llenos de muchos hijos sustitutos y lo más importante, siempre nos tuvimos a nosotros para hacernos compañía, ahora que él se marchó, supe que el gran amor que podemos dar como padres se lo podemos dar a todo aquel que necesite un consuelo, los hijos nos lo da el cielo de muchas maneras, hemos comprendido que padres no son los que engendran, son los que forman, educan, enseñan  y ven crecer a un niño...
 
Ahora el hombre estaba más tranquilo, ya no lloraba, ya había bajado la mano que tapaba su rostro y solo escuchaba a esa amable señora, pero no la veía de frente, la escuchaba con la vista perdida en el infinito, tenía una mirada que ahora estaba cambiando, ya no se veía dolor... Ahora se veía otra cosa.
 
Ella continuo platicándole de sus experiencias maternas cuando él la volteo a ver, esa dura mirada que ahora tenía hizo que ella se callara...
 
Gracias por sus palabras, por haberse detenido a consolarme cuando no me conocía, sin saber nada de mí, sus palabras están llenas de amor, pero no son para mi… Yo también se lo que es el ser padre, estoy casado desde hace diez años y junto con mi esposa tuvimos tres hijos, hoy es el cumpleaños del más pequeño, antes de pasar con el medico fui a recoger este regalo, le decía mientras levantaba la gran bolsa que llevaba en la otra mano, Ahora todos me están esperando, mi esposa y los tres hijos que ella tuvo y que ahora el doctor me ha confirmado, que fue imposible que yo haya los haya engendrado...
 
A la señora se puso le fue el color del rostro cuando escucho esas palabras, todos los argumentos que llenaban su mente para consolar a ese hombre simplemente se esfumaron, ya no supo nada más que decir, solo le dijo Hijo mío, los niños son seres inocentes que no tienen la culpa de nada, si tú los has educado y los has formado, tu eres ante Dios el verdadero padre.
 
El la volteo a ver, ahora su mirada era completamente fría, como sin vida, tenía ya su voz completamente serena, ya las lágrimas habían desaparecido, ahora era como si fuera alguien distinto, alguien con una serenidad que daba miedo...
 
Si, lo sé, ellos son mis hijos, eso nadie lo puede negar, yo los vi nacer, les he dado lo mejor y eso siempre va a seguir, tienen su futuro asegurado, aunque sé que les voy hacer mucha falta, ahora que yo ya no voy a estar...
 
La señora espantada le dijo Hijo mío, que vas hacer, no vayas a hacer una locura, tienes mucho para vivir, tienes esos tres inocentes que te necesitan.
 
El, viéndola a los ojos, le contesto A mis hijos nunca les va a faltar nada para vivir, siempre he trabajado y tengo ya un patrimonio que les tiene asegurada la vida, tienen lo suficiente para que puedan vivir ahora que van a estar sin su padre, sin su madre y sin ese padrino que tanto los visitaba, el gran amigo de su madre que tanto los procuraba, siempre llenándolos de besos y abrazos, siempre bromeando conmigo por qué les había tocado la mala suerte a mis hijos de sacar un cabello tan ensortijado como el suyo... Y sin decir más se volteó, alejándose caminando.
 
La señora, cuando lo escuchó, se llevó una temblorosa mano a la boca mientras se ponía de nuevo pálida, sin acabar de entender del todo lo que acababa de escuchar, sin saber que decir, sin saber qué hacer, mientras veía como se alejaba ese hombre desconocido, cargando con una mano una gran bolsa con un regalo en su interior, mientras con la otra se acomodaba algo que llevaba en el cinto, perdiéndose en el camino, en esa tarde calurosa de verano.